Tocar - Fragmento de "Imagen de los sentidos"
La mano de mamá es más grande que la mía. Sus venas abultadas se dibujan como ríos bifurcados que se encuentran una y otra vez. Cuando siente mi dedo rozando la topografía de su piel, se excusa. “Manos de sapo, tengo manos de sapo”, dice con voz de quejido. No sé por qué le parece que son manos de sapo, supongo que tiene que ver con lo ancho de sus dedos o con las uñas cortas y redondas que muestran su desnudez. La he escuchado decir la misma frase cuando voltea una arepa de un lado a otro. Nunca se quema. Jamás tuvo uñas largas, —me las comía —me explica cuando siente que le paso la yema de mi dedo por el extremo de una de ellas. Conozco bien su mano, me adhiero a ella con fuerza, sobretodo cuando caminamos por las calles de Mérida. Esta vez pasamos frente a la tienda de churros en la avenida 4, más arriba de la plaza Bolívar. Le pido que me compre unos, dice que no y seguimos caminando hasta llegar al Boulevard de los pintores. Entonces resuena un llamado a lo lejos: —¡Nena! —grita una voz de mujer en la distancia. Dirijo mi mirada en dirección a la voz que llama a mamá. Desde mi altura no veo nada más que la pintura de un paisaje de playa frente a mí. Podría jurar que es el mismo cuadro que está en el comedor de nuestra casa; una playa rodeada de monte verde iluminada por la luna. Las palmeras se inclinan hacia el mar. Los colores de la pintura: azul oscuro-casi negro, tonos blancos que enmarcan la luna y su reflejo en las olas, amarillo ocre para entonar la arena, y verde; un verde que mancha todo el contorno y forma montículos que circundan la costa. La playa se encuentra desolada, en esa imagen la noche brilla sobre el mar y los barcos de los pescadores están ausentes. Me pregunto quién habrá sido testigo de ese instante. En la esquina inferior izquierda hay un garabato que parece un nombre. Intento leerlo, pero mis ojos pierden el foco. Desorientada vuelvo a aferrarme a la mano de mamá, esta vez pensando en cómo pedirle de nuevo que, al regresar al estacionamiento, compre los churros que antes había pedido. Aprieto su mano tanto como puedo sin estrujarla y siento que le falta protuberancia a las venas. Su textura es más tersa que antes. La miro con cuidado y no reconozco ni el color de la piel ni la finura de sus dedos, mucho menos el esmalte brillante sobre las uñas largas. Entonces entiendo el silencio que de pronto rodea nuestro encuentro. Mamá y su amiga habían dejado de hablar para observarme. Al encontrar mis ojos confundidos mirando sus rostros, sus carcajadas se expanden como un eco. Con repudio, suelto esa mano ajena y extraña y corro hacia mamá amarrando mis dedos a los suyos con más fuerza que antes.