Mimosas en jardines de cristal

aquí brilla el azul y bajo otro cielo, la guerra.
se repite el monstruo del presente que habitó el ayer,
y se enmarca en el futuro.
mi dedo de infancia no contemplaba esa muerte, la de otros niños.
mi ventura fue la de crecer, poder seguir jugando
junto a un árbol de mimosas, mientras la guerra me quedaba lejos. 

hay tanto de mi huella perdido en el pasado,
y tanto ganado en jardines de cristal.
la inocencia contenida montaña adentro;
en ella, yo ignoraba el dolor, la pérdida de hogar.
no hubo duda de la felicidad. 

como todos los hechizos,
se han roto seguridad y paz.
ya no hay manera de jactarse de fortunas
cuando la muerte a mano armada es parte de la humanidad.

Oct. 2023

Restos

Es un botón rojo, una pieza de un juego de barcos de guerra. Cuando barro encuentro objetos perdidos, nuestra vida en fragmentos. En el salir y entrar hemos traído con nosotros arena y hojas de árbol
de jardín. Somos los restos de lo que hacemos dentro y fuera de la casa. Hay un cereal de Cheerios junto a una banda elástica de pelo. Lo arrastro con la escoba hacia la pala. Se escapa rodando hacía un
estante de libros. Me pregunto cuántos días han pasado desde que cayó al suelo. No recuerdo haber comido cereal en varios días. Tal vez, alguno de mis hijos se haya metido en el closet. Tal vez, a escondidas, abrió la bolsa. En el apuro de no ser descubierto lo dejó caer. Pasa con frecuencia. Lo que recojo del piso tiene nuestro olor. Moléculas de nuestros cuerpos, memoria en forma de materia. Acumulados, nuestros restos, formarán parte de un nuevo cuerpo. Una amalgama con vida propia en algún botadero de la ciudad. Semillas y hongos no perderán la oportunidad de nacer usando lo que encuentren. El botón rojo, casi eterno, será testigo de otras vidas.

Batatuda

Batatuda, así soy. Batatuda porque desde muy temprano, 3 o 4 años, me gustaba hacer ejercicios y tú me dices “obvio” como si yo estuviese hablando de montar triciclo o montarme en un columpio. El ejercicio que yo hacía era mucho más específico, consistía en acostarme en la cama, meter mis manos entre los muslos, ponerme de lado y ejercer presión y tensión para voltearme; quedar boca abajo y soltar. Respiraba para no agotar el oxígeno y repetía la acción.
Cuando mi mamá se daba cuenta de mis ejercicios se acercaba y me advertía que parase pues se me iban a poner las piernas pesadas y enormes.
Tenía razón, 37 años después esos músculos no hacen sino crecer.

Tangible

Queríamos tocarnos, palparnos, dibujarnos con las manos el rostro frágil de la pubertad, hacerlo era tan simple como sentarnos en el gran sillón, uno al lado del otro. A veces éramos tres y otras cinco, y aunque no importaba cuántos nunca llegábamos a dos. Lo indispensable era rozar con una mano la boca jugosa del otro, reconocer pestaña y dedo como animales que sin pensarlo se miran en un espejo. No había día en que no terminásemos sumidos a la contemplación de lo tangible, el tacto, indispensable, fue alimento de nuestra relación por años.

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Breña

El viento trajo la semilla y se confabularon sedimentos, tierra fértil, agua y sol; la dejaron crecer. Una pequeña raíz al comienzo, luego tres y cuatro se fueron multiplicando por debajo del subsuelo. Se fortalecieron sus fibras abrazándose a la tierra como un animal que no renuncia a la existencia. A nadie incomodó al principio, tumultos de tierra abrieron paso a su andar, las flores se entregaron convencidas de su buena acción y la grama se dejó abrir aquí y más allá. Poco a poco, de las raíces brotaron las vulvas y los troncos aventurandose a crecer en paralelo. Enramada hacia el cielo, se esparció la maleza por encima y por debajo del terreno. Sin que nadie lo entendiera se ahogaron azucenas, lirios y azaleas.

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Al despegar

Todo empezó al despegar el avión. Apenas se habían separado las ruedas del pavimento cuando los recuerdos comenzaron a caer. Al principio nadie lo notó, algunos pasajeros conversaban, reían, se quejaban, alzaban la voz para referirse a su situación; no era para menos, muchos escapaban de la pobreza o de la idea de ella; otros oraban, murmuraban palabras como mantras de absolución, y yo, yo segregaba un recuerdo y luego el otro. Cada recuerdo era expelido de mi cuerpo como si fuese la cosa más natural de este mundo ¿hormonas? me preguntaba, no había explicación, los recuerdos se rehusaban a venir conmigo, me dejaban y yo los dejaba a ellos. ¿Que cómo salían de mi? Eso era lo que menos me preocupaba, supongo que no les importaba la caída, y aunque no había parapente que los sostuviera ni malla de contención al fondo, se desprendían de mi como si nada. En cambio, me aterraba más imaginar a dónde iría a parar el próximo, ¡pero qué coño le va a pasar a un recuerdo! Me repetía una y otra vez. A ratos me sentía culpable y contagiada del rezo colectivo comenzaba a orar para que nadie los encontrase, para que al caer, ese recuerdo o aquél que allá iba, quedase tan libre como yo que me iba. Era más sensato imaginar que una vez abajo, el recuerdo se posaría con cuidado sobre la estatua del Libertador en el Pico Bolívar. Yo nunca llegué allí, mi cuerpo joven era tan denso que apenas subía una colina y ya me faltaba el aire pero para el recuerdo tal hazaña no sería difícil y es que cuál es el peso de un recuerdo, algunos pensarán que hay recuerdos más ligeros que otros, yo creo que son igualitos en densidad, igual de nebulosos, ”vaporudos” diría Malu. En definitiva, no quería ni imaginar que alguno fuese robado por haberse quedado quieto en la avenida Las Américas, o por haberse montado en una buseta, eso es lo que casi siempre pasa ¿no? y es que un recuerdo que navega solo por la ciudad, es siempre vulnerable…
De seguro, un recuerdo tendría mejor suerte que una mujer sola caminando por las calles al pasar la media noche, pero esta vida está llena de suposiciones, especulaciones, miedo.  El miedo, lo llevo inserto en el ADN, supongo es el resultado de esas historias  tantas historias imaginadas por mamá.
Una mujer viajando sola en Venezuela jamás tendría la misma suerte que un recuerdo que se inmersa en la llanura; entre el ganado, los apamates y los araguaneyes; el recuerdo podría ser tan plástico como para convertirse en animal, tal vez en pez y nadar, nadar libre hasta el final.

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El orificio y los nuevos comienzos

Es inventado. Nació en el rincón de mi cuarto junto a la ventana. Un orificio, una idea, la oportunidad de tener la historia más emocionante, una bala penetró el vidrio y dejó su huella. Malu se quedó boquiabierta la primera vez que le conté esa historia, me miró, me creyó y no, se lo pensó un rato ¿Será verdad? ¿Y cómo es que no hubo un herido? Me preguntó. Yo lo resolví fácil, estábamos de vacaciones en alguna playa de Venezuela cuando eso pasó ¿Será verdad? Me pregunté a mi misma. Era un orificio muy bien definido, pese a él, el vidrio estaba entero, y yo presionaba la yema del meñique contra esa forma imperfecta que no entendía cómo vino a parar allí, sentía el aire frío de afuera e imaginaba el filo, ahora gastado, circundando mi piel. Nadie lo arregló, y aunque no lo puedo asegurar lo imagino todavía allí, quieto, testigo de una historia de la que nada sé pero que con los años he llegado a contar e imaginar con claridad.

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