Tangible

Queríamos tocarnos, palparnos, dibujarnos con las manos el rostro frágil de la pubertad, hacerlo era tan simple como sentarnos en el gran sillón, uno al lado del otro. A veces éramos tres y otras cinco, y aunque no importaba cuántos nunca llegábamos a dos. Lo indispensable era rozar con una mano la boca jugosa del otro, reconocer pestaña y dedo como animales que sin pensarlo se miran en un espejo. No había día en que no terminásemos sumidos a la contemplación de lo tangible, el tacto, indispensable, fue alimento de nuestra relación por años.

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