DakhaBrakha
Años atrás encontré una canción fascinante, la incluí en mi lista de favoritas por cómo empezaba con el sonido de lo que parecían un bajo, un cello y una voz rítmica que cantaba “popedopepopedopop” para marcar pausas como esas que determinan cuándo la audiencia debe saltar junto a la música. Las voces de las mujeres cantando a coro me alegraban la tarde mientras yo trataba de entretener a mis hijos. Para entonces estaban solo Nico y Elías junto a mí en una casa que cada vez me parecía más fría en Nebraska. Chris se iba al trabajo y la música me hacía sentir acompañada. Si hay un refrán que dice “para criar un hijo se necesita una villa entera”, yo pienso que para no perder la cordura, cuando careces de villa, una buena lista de música es indispensable. Durante muchas tardes la cocina de mi casa se convirtió en el escenario que sostendría mi acto. Mientras los niños comían la merienda en la mesa yo me asomaba de un lado a otro frente a ellos pretendiendo ser cantante o bailarina. Para entonces no existía Tik Tok y las redes que me conectaban a mi circulo social venezolano me resultaban distantes, como si mi realidad fuese enteramente ajena a la de mis compatriotas que sufrían una guerra lenta y silenciosa y mis quejidos de “primer mundo” tuviesen poco valor. Fue en esa época cuando descubrí DakhaBrakha, una banda de músicos ucranianos que compartían el sonido de su tierra con el mundo. Se hacían llamar embajadores de Ucrania y vaya que captaron mi atención y años más tarde la de mi esposo a quien le mostré una segunda pieza que no podía dejar de escuchar porque imitaba los sonidos de la naturaleza, o para ser más específica, el sonido de los pájaros. Se trataba de Vesna. Encontramos una versión hermosa grabada en el estudio de Kexp y la empezamos a escuchar ese año en que nos mudamos a Virginia. Los pájaros se habían convertido en guía de nuestros deseos. Los habíamos seguido con el instinto de quien sabe que los ríos son fuente de vida. Ucrania me parecía un lugar enteramente desconocido, no entendía la letra de las canciones, solo la belleza del sonido. Me preguntaba si estábamos del mismo lado de la historia. Putin se había convertido en una preocupación para los venezolanos y era difícil saber qué país y qué gente lo apoyaba en ese entonces. No tardamos mucho en descubrir, con emoción, que DakhaBrakha no solo era un canto a la vida sino un manifiesto de independencia que buscaba rescatar las raíces de una sociedad amenazada por la guerra. El 2019 había marcado un comienzo alegre para los ucranianos. DakhaBrakha lo dejaba claro en las sonrisas de alegría y celebración en los distintos conciertos.
El miércoles 23 de febrero, cuando escuché acerca del ataque de Putin a Ucrania, lo primero que pensé fue en los músicos, en cómo sus vidas cambiaban en ese momento, en las sonrisas que había visto en una grabación de un concierto producido por Kexp mientras cantaban celebraciones de vida y de conquista. He buscado a sus músicos estos días y saber que hay algunos en Kiev me eriza la piel, pensar que gente que admiro sufra duele, saber que como ellos hay miles padeciendo la guerra duele.
La guerra siempre me ha parecido aterradora, además de abstracta y ajena. No la he vivido desde mi cuerpo. Pero está claro que es un monstruo que duerme debajo de la cama y que atrapa cuando muchos menos lo esperan. La guerra no discrimina, se lo lleva todo junto a los recuerdos que revientan bajo bombas de guerra.